El Padre Misericordioso


Reflexionemos cómo a través de esta parábola el Señor nos enseña las actitudes que se dan en la relación entre Dios y la humanidad.

San Lucas 15, 11-31


El Padre, muestra su actitud misericordia en todo momento y los Hijos, muestran las diferentes actitudes que nosotros tomamos cada día.

El hijo menor toma su herencia y se va lejos de su padre a malgastarla disfrutando de los placeres que se le presentaron.

Cuando hubo gastado toda su herencia empezó a pasar necesidad, entonces consiguió trabajo cuidando cerdos, ahí deseaba comerse la comida de estos animales, pero nadie se las daba.

Lo mismo nos pasa a nosotros cuando queremos administrar a nuestro antojo los bienes que Dios ha puesto a nuestra disposición. El mundo siempre nos ofrece lo más fácil y con menor compromiso con tal de apartarnos del Señor, pero esto siempre nos traerá graves consecuencias, y en el peor de los casos, la muerte física y hasta espiritual.

A esto es a lo que nos arriesgamos cuando nos alejamos del Señor para hacer nuestro gusto al abandonar la oración, la comunidad y los sacramentos donde el Señor nos espera con los brazos abiertos.

El Padre siempre muestra su misericordia con todos sus hijos, con el hijo mayor al pedirle que comparta su alegría de haber recuperado al hijo que había perdido. También la muestra con su hijo menor, primero al cumplir con sus deseos a pesar de saber que no es lo mejor para su hijo, y luego, recibiéndolo con los brazos abierto cuando éste vuelve arrepentido.

El Señor sabe muy bien cuál es nuestra actitud, lo que haremos y los resultados que obtendremos. Por eso prepara el camino para que regresemos a sus brazos a pesar de las consecuencias de nuestros actos.

Y es este camino el que debemos de reconocer, aprender y recorrer siempre para regresar a los brazos del Señor.

Hay dos pasos en este proceso que no debemos saltarnos:

a) Los hijos siempre han sabido que tienen un padre lleno de amor y misericordia, pero el pecado los ha sacado de su juicio y por eso es que se alejan de su padre.

Pero al Señor le importa más el cambio de nuestra actitud, que recapacitemos como el hijo menor con humildad: "Y entrando en sí mismo, dijo: Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."

Cada día de nuestras vidas tenemos que revisar nuestros actos, reconocer en qué fallas hemos caído y qué es lo que nos aleja del Señor, para que con humildad nos levantemos, volvamos y le digamos al "Padre, perdóname porque he pecado".

Esto es lo que hacemos cada vez que nos acercamos al sacramento de la confesión, también llamado sacramento del perdón, es la oración de sanación espiritual y física más fuerte, donde es el mismo Señor quien nos da la sanación y nos reconcilia con él.

Por eso es que san Pablo nos aconseja diciéndonos "acerquémonos al trono de la gracia, a la presencia del Señor confiadamente".

b) El Señor nos enseña con su actitud cómo debe ser la nuestra: "Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente" luego "el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle".

Dios, nuestro padre, después de reconciliarnos con él, nos deja limpios y nos viste con el mejor traje, con el traje de la gracia, nos restituye nuestra dignidad de hijos de Dios. Hace una fiesta porque nos rescata de la muerte y nos vuelve a la vida, nos vuelve a nosotros mismos.

La fiesta con el banquete que el Señor prepara para celebrar nuestro regreso a sus brazos misericordioso es el mismo donde Él se ofrece como víctima para rescatarnos del pecado.

Ese banquete es el sacramento de la Eucaristía, la santa Misa, el banquete del Señor, al cual estamos invitamos todos, y al cual nos tenemos que presentar en gracia. Por eso es importante que confesemos todo pecado que nos esté apartando del Señor, para que Él, que es misericordioso, nos limpie, nos vista y podamos celebrar con el Señor el banquete donde nos alimenta con su mismo Cuerpo y con su misma Sangre.

El Señor nos invita en este momento a que empecemos a acercarnos a su trono de gracia confiadamente, para que le ofrezcamos todas nuestras faltas, nuestras heridas, nuestras necesidades.

Acerquémonos confiadamente a los sacramentos de la Confesión y la santa Eucaristía confiadamente y dejemos que nuestro Padre Misericordioso nos lave, vista y alimente para la Vida Eterna. Amén.

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